El equipo de resistividad que desplegamos en Chiguayante opera con configuración tetraelectródica Schlumberger y Wenner, energizado por un transmisor de corriente continua de 250 W que inyecta pulsos cuadrados de baja frecuencia. Las mediciones las tomamos con un resistivímetro digital de alta impedancia acoplado a electrodos de acero inoxidable que clavamos en los suelos arenosos y arcillosos típicos de la ribera del Biobío. Antes de clavar, revisamos la humedad superficial porque en los meses de invierno la saturación en Chiguayante altera la resistividad de contacto y obliga a ajustar la distancia interelectródica. Procesamos los datos con software de inversión 1D y 2D que entrega perfiles de resistividad real en ohm-m, diferenciando limos, arenas y gravas. Cuando el perfil muestra contrastes marcados bajo los 15 metros, complementamos la interpretación con un ensayo CPT para validar la estratigrafía con datos de punta y fricción.
Un SEV bien ejecutado en las terrazas de Chiguayante reduce la incertidumbre estratigráfica sin necesidad de perforar, ahorrando tiempo en la campaña de campo.
