Chiguayante se asienta sobre la llanura de inundación del río Biobío, con una estratigrafía que alterna arenas fluviales, gravas y lentes de limo que complican cualquier interpretación geotécnica superficial. La profundidad del basamento rocoso varía abruptamente entre los 20 y 80 metros en pocos kilómetros, un dato que obliga a usar métodos geofísicos con resolución vertical confiable. La tomografía sísmica de refracción y reflexión nos permite reconstruir perfiles continuos de velocidad de onda P y S sin perforar, algo clave cuando la napa freática aparece a menos de 5 metros en los sectores bajos de la comuna. En proyectos de edificación media sobre la cota 50, complementamos estos perfiles con un ensayo de penetración CPT para calibrar la respuesta de los estratos saturados, y cuando el macizo rocoso está meteorizado, recurrimos al MASW para clasificación Vs30 y así cumplir con la microzonificación del plano regulador metropolitano.
En la terraza fluvial de Chiguayante, la velocidad de onda de corte puede duplicarse en menos de 12 metros de profundidad: ignorar ese gradiente es subestimar el periodo fundamental del suelo.
